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Días en las diócesis

viernes, 23 de julio de 2010

despedida llena de alegría

Para los que no hayáis podido asistir al encuentro final de Melide, os publicamos las palabras de nuestro obispo en la homilía. El trabajo de transcripción es obra de María, a quien agradecemos el tiempo y la paciencia que dedicó a ello, pues no es una labor fácil.


Hoy hacemos entrega de la primera parte:



Es una despedida llena de alegría. Sabemos que la Cruz tiene que continuar su camino y que este anuncio, que la Cruz significa, ha de llegar a otros lugares, diócesis y naciones. Viene de otros continentes, ha estado en otros países y hoy está aquí, recordándonos la misma gran alegría y el mismo gran Evangelio, y debe seguir su camino. El mismo anuncio que se nos hizo debe hacerse a los demás.

Nosotros nos alegramos de estar hoy aquí reunidos, gentes de varios lugares y procedencias, simbolizando la realidad de estas Jornadas mundiales de la juventud, en las cuales se manifiesta una unidad sorprendente entre tantísimas gentes, jóvenes de diferentes países, que nadie podría construir y que surge sola, bella, bonita cada vez, en cada ciudad en que se celebra la JMJ.

Nosotros hoy aquí hacemos como una pequeña asamblea parecida, de muchos países. Y surge por lo que la Cruz es y significa. Juan Pablo II la entregó a los jóvenes y lo dijo con toda claridad: sabed que en ella encontrareis razones, sentido, que seréis enviados como protagonistas a construir el mundo futuro. No era sólo una afirmación sobre el paso de las generaciones, sino que estaba diciendo algo más, que en la Cruz encontrareis todos la manera de construir una civilización del amor, y de vencer de dejar atrás una civilización de la muerte. La contraposición es muy fuerte, pero se percibía también en alguna canción de esta Santa Misa, en la que resonaba un grito que preguntaba con fuerza, ¿quien responderá al drama del mundo?, ¿quién dará razones?, ¿quién podrá responder a los que sufren? y ¿quién construirá un mundo diferente? ¿no seremos todos siempre y sólo generaciones de personas vencidas de antemano, que ya saben lo que va a pasar, ciertas ya de que nunca sucederá nada nuevo?

Contra esta mentalidad, contra esta civilización de la muerte, necesitamos una respuesta para poder vivir con alegría. Y la necesitamos profundamente, pues, si no, terminaremos también nosotros diciendo al final que no hay nada más, buscaremos simplemente acomodo. Un “acomodo” que es lo contrario de la juventud; no porque los jóvenes sean de otra pasta que los mayores, sino porque cuando uno es joven, está buscando, está creciendo y se lanza en el fondo a conquistar el mundo y la vida, por un camino u otro, no se limita a intentar estar cómodo y nada más. Es propio de los jóvenes querer hacer con su vida algo bueno, algo nuevo, desear la construcción de un mundo mejor.


Cuando el Papa nos hablaba de vencer y dejar atrás la civilización de la muerte y construir la de la vida y la del amor, lo hacía confiando en la Cruz de Cristo. El Señor es el único que verdaderamente ha vencido toda la amenaza del pecado, es decir, del egoísmo y de la muerte, y que nos asegura que es posible amar, tener a Dios al lado y hacer la vida de otra manera. Esto es lo que a todos ha dado siempre alegría en las Jornadas Mundiales de la Juventud. Si tuviésemos esta esperanza en el corazón, caminaríamos unidos; por eso, si vemos a otros caminar así, felices de poder construir juntos, vayamos con ellos; no confiemos en quienes no tienen entre sí unidad alguna.

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